Mientras un niño de 10 años puede usar inteligencia artificial para resolver una tarea en
segundos, muchas escuelas siguen evaluándolo como si memorizar información fuera la
habilidad más importante del siglo.
La pregunta incómoda, pero urgente, es: ¿estamos educando a los niños para el mundo en el que vivirán o para uno que ya desapareció?
Durante décadas, el sistema educativo fue diseñado para preparar personas funcionales a
una economía industrial: obediencia, repetición, cumplimiento, jornadas fragmentadas por timbres, poca autonomía y una relación vertical con el conocimiento. Pero el mundo cambió más rápido que la escuela.
Nuestros hijos habitan un ecosistema radicalmente distinto: hiperconectado, INMEDIATO, saturado de estímulos, mediado por algoritmos, redes sociales y una economía en la que muchas de las profesiones del futuro aún ni siquiera existen.
Y, sin embargo, seguimos preguntando si aprendieron a repetir correctamente una
respuesta.
El cerebro infantil no está diseñado para esta sobrecarga. Como advierte el psicólogo social Jonathan Haidt en La generación ansiosa, la infancia hiperconectada coincide con un deterioro preocupante en la salud mental adolescente, y con una reducción de experiencias fundamentales para el desarrollo emocional, como el juego libre, la autonomía y el aburrimiento productivo.
Estas conductas, dinámicas, potenciadas por el uso intensivo de pantallas y plataformas
digitales a edades tempranas, están desencadenando un déficit de habilidades clave para el desarrollo cognitivo. La investigadora Gloria Mark, experta en atención digital, ha
documentado cómo la fragmentación constante de la atención disminuye la capacidad de concentración sostenida y afecta la profundidad del procesamiento cognitivo.
La magnitud del problema ya está documentada. Según la Organización Mundial de la
Salud (OMS), uno de cada siete adolescentes entre 10 y 19 años (14%) vive con un
trastorno mental, y la depresión, la ansiedad y los trastornos del comportamiento están
entre las principales causas de enfermedad y discapacidad en esta etapa. Además, el
suicidio es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 29 años.
UNICEF, por su parte, ha advertido que el entorno digital está transformando profundamente la experiencia de la infancia y la adolescencia, amplificando los riesgos asociados con el aislamiento social, ciberacoso, exposición a contenidos nocivos y deterioro del bienestar emocional cuando no existe acompañamiento adecuado.
No hablamos solo de pantallas. Hablamos de atención fragmentada, comparación
constante, validación externa, acoso cibernético, disminución del juego libre y menos
oportunidad para desarrollar creatividad y paciencia.
Y aquí aparece una contradicción enorme: mientras el cerebro infantil necesita atención
profunda, movimiento, regulación emocional y experiencias humanas reales, buena parte de su entorno digital ofrece exactamente lo contrario.
Algunos países ya reaccionaron
El debate dejó de ser anecdótico.
Australia aprobó en 2024 una ley que obliga a plataformas como TikTok, Instagram,
Facebook, X y Snapchat a impedir que menores de 16 años tengan cuentas. Esta ley fue
presentada como una de las regulaciones más ambiciosas del mundo sobre acceso juvenil a redes sociales. Francia por su parte, ya restringe desde 2018 el uso de teléfonos móviles en colegios, incluso fuera del aula, como parte de su estrategia para reducir la
hiperconectividad y proteger los procesos de aprendizaje y socialización escolar.
En Estados Unidos, la preocupación escaló al nivel de salud pública: en 2023, el Cirujano
General de EE.UU. advirtió que aún no existe evidencia suficiente para considerar las redes sociales seguras para niños y adolescentes, mientras distintos estados han impulsado demandas y regulaciones contra grandes plataformas tecnológicas por su posible impacto en la salud mental juvenil.
La conversación global cambió: ¿Prohibir o enseñar?
Ya no se trata de si la tecnología entra o no al aula. Se trata de cómo entra, con qué criterio y para qué propósito. Porque la pregunta más inteligente quizás no es cómo alejamos a los niños de la tecnología, sino cómo les enseñamos a convivir críticamente con ella. Porque la inteligencia artificial no desaparecerá. Los algoritmos tampoco. Las redes sociales seguirán moldeando la conversación pública, la identidad y el consumo. Entonces, ¿qué deberían aprender? ¿Cómo logramos que los usos y los impactos de esta, lleguen a un cerebro preparado?.
Sí, preparado para cuestionar, filtrar y discernir. Para diferenciar información de
manipulación. Para tolerar la incertidumbre de no saberlo todo de inmediato. Para construir criterio propio en medio del ruido. Para saber parar.
En un entorno donde cualquier adolescente puede recibir millas de estímulos al día,
consumir contenido sin filtros y obtener respuestas instantáneas generadas por inteligencia artificial, habilidades como la lectura profunda, la concentración sostenida, la
argumentación, el pensamiento crítico y la comprensión lectora dejan de ser competencias escolares tradicionales para convertirse en herramientas de supervivencia cognitiva.
Porque quien no sabe pensar, simplemente repetirá lo que el algoritmo le entregue.
Y quien no sabe leer con profundidad difícilmente podrá construir una postura propia frente al mundo.
En este contexto, educar no debería consistir únicamente en enseñar a usar herramientas
tecnológicas, sino en fortalecer aquello que las máquinas no pueden reemplazar fácilmente: criterio, empatía, creatividad, pensamiento complejo, juicio ético y capacidad de reflexión.
Más que prohibir tecnología, quizás el verdadero desafío sea formar mentes capaces de
habitarla sin convertirse en sus rehenes. Pues el desarrollo del pensamiento crítico no
ocurre en el vacío, sino que requiere de forma interconectada una base sólida de
conocimiento factual, lectura y procesos de comprensión (Willingham, 2023).
El pedagogo colombiano Julián De Zubiría ha insistido durante años en que la educación
debe formar pensamiento y no repetición. Su propuesta de pedagogía dialogante parte de una idea profundamente vigente: el conocimiento no se transfiere mecánicamente; se
construye.
Y quizás hoy esa idea es más urgente que nunca.
Fuentes:
Willingham, D. T. (2023). ¿Por qué a los estudiantes no les gusta la escuela?: Un
científico cognitivo responde preguntas sobre cómo funciona la mente y qué
significa esto para el aula. Editorial Graó.
Mark, G. (2023). Cómo recuperar la capacidad de atención: Un método revolucionario
para concentrarse y combatir la distracción. Tendencias.
https://www.gloriamark.com
https://www.anxiousgeneration.com/
https://www.oecd.org/en/about/projects/future-of-education-and-skills-2030.html