En
Es
La Nueva Frontera ya no es la Riqueza. Es el Conocimiento
  • Carolina Gaviria Salazar
    periodista y estratega en comunicación
    .
Durante buena parte del siglo XX aprendimos a dividir el mundo en dos categorías: países ricos y países pobres. Los primeros tenían petróleo, industrias fuertes o grandes mercados. Los segundos intentaban alcanzarlos exportando materias primas, atrayendo inversión extranjera o creciendo a partir de sus recursos naturales.
Hoy esa clasificación, en mi opinión, comienza a quedarse corta.
La verdadera frontera del siglo XXI ya no parece estar entre quienes tienen más dinero y quienes tienen menos. Está entre los países capaces de producir conocimiento y aquellos que seguirán comprándolo, pues como bien dijo Hausmann (2021) “El desarrollo económico consiste en acumular conocimiento productivo, no simplemente capital”. La diferencia puede parecer sutil, pero cambiará la economía, la política y la geopolítica durante las próximas décadas.
Hace dos siglos, el poder estaba donde había tierra fértil. Después se desplazó hacia los países capaces de industrializarse. Más tarde, el petróleo redefinió el equilibrio mundial. Hoy, en cambio, las nuevas fuentes de poder tienen menos que ver con lo que sale del suelo y mucho más con lo que ocurre dentro de laboratorios, universidades, centros de investigación y empresas tecnológicas.
No es casualidad que las economías más competitivas del mundo sean también las que más invierten en investigación y desarrollo. Según el Instituto de Estadística de la UNESCO, Israel destina alrededor del 6,3 % de su PIB a I+D; Corea del Sur supera el 5% ; Estados Unidos invierte cerca del 3,6% y China ya ronda el 2,6% . Colombia, por su parte, apenas supera el 0,3%.
Y aunque India aún invierte menos en investigación y desarrollo (0.7%) que varias economías avanzadas, ha decidido competir en aquello que marcará el crecimiento de las próximas décadas: talento, ingeniería, digitalización, industria farmacéutica, inteligencia artificial y formación científica. Hoy gradúa cientos de millas de ingenieros al año y se ha consolidado como un actor clave en el desarrollo global de software y servicios tecnológicos. Según NASSCOM, el sector tecnológico indio emplea cerca de seis millones de personas y se proyecta que alcanzar ingresos por 315.000 millones de dólares en el año fiscal 2025-2026.
Esto va en línea con lo que ha insistido la economista Mariana Mazzucato, que “ las
economías más exitosas no son aquellas donde el Estado simplemente corrige fallas de
mercado, sino aquellas capaces de orientar misiones colectivas de innovación. El
conocimiento no aparece espontáneamente: requiere políticas públicas, inversión sostenida
y una visión de largo plazo”.
La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) lleva varios años
advirtiendo que, a medida que las economías alcanzan mayores niveles de desarrollo, el
crecimiento depende cada vez menos de acumular capital físico y cada vez más de la
capacidad para generar nuevas ideas, innovaciones y tecnologías. Dicho de otra manera:
producir más ya no basta; ahora importa producir mejor y, sobre todo, producir aquello que
nadie más ha creado. Esa transformación también explica por qué algunos países sin
grandes reservas de petróleo, gas o minerales estratégicos se han convertido en actores
decisivos de la economía global.
Corea del Sur pasó de ser uno de los países más pobres del mundo tras la guerra a
convertirse en líder en semiconductores, inteligencia artificial y biotecnología. Israel
construyó un ecosistema de innovación reconocido mundialmente. Singapur, sin grandes
recursos naturales, apostó por la educación, la logística y la tecnología para convertirse en
uno de los principales centros financieros del planeta.
Mientras tanto, países inmensamente ricos en recursos naturales continúan enfrentando
enormes dificultades para traducir esa riqueza en bienestar sostenible.
India ofrece un ejemplo interesante de esa lógica. Aunque su inversión aún está por debajo
de la de las grandes economías innovadoras, el país ha entendido que su competitividad
futura dependerá menos del costo de su mano de obra y mucho más de su capacidad para
formar ingenieros, desarrollar software, producir medicamentos, liderar tecnologías digitales
y participar en la carrera global por la inteligencia artificial. No busca únicamente crecer;
busca ocupar un lugar distinto en la economía del conocimiento.
Y aquí aparece una pregunta incómoda para América Latina.
Durante décadas hemos discutido cómo aprovechar mejor nuestros recursos naturales. Pero quizás el desafío más importante ya no sea extraer más petróleo, más cobre o más litio. Tal vez la verdadera pregunta sería cuántas patentes registramos, cuántas investigaciones financiamos, cuántos científicos retenemos y cuánto conocimiento somos capaces de convertir en empresas, tecnología e innovación.
Porque el riesgo ya no consiste únicamente en depender de las materias primas. El riesgo es convertirnos en países que exportan recursos mientras importan las ideas que les dan valor.
Fuentes consultadas:
● Instituto de Estadística de la UNESCO – Datos de Investigación y Desarrollo
● Banco Mundial – Gasto en Investigación y Desarrollo (% del PIB)
● OCDE – Fundamentos para el crecimiento y la competitividad
● Mazzucato, M. (2013). El Estado emprendedor: desmintiendo mitos sobre el sector público frente al sector privado.
● Mazzucato, M. (2021). Economía de la misión: una guía ambiciosa para cambiar el capitalismo.
● Stiglitz, J. (1999). El conocimiento como bien público global.
● Hidalgo, C. y Hausmann,
Quizás también te interese
Mostrar más