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Fiesta Latinoamericana: un Ritual de Transmisión Cultural de Generación en Generación

  • Por: Sebastián Mendoza Anaya
    @SMendozaA17
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Música a alto volumen, un conglomerado de siluetas de piernas moviéndose con gran ritmo sobre baldosas rústicas de colores vivos, el olor invasivo de un banquete próximo a servirse preparado por una red de cocineros y cocineras expertos reunidos en la cocina de una casa. Eres un infante rodeado de tus primos y hermanos, quienes, según su edad, presumen de sus nuevos juguetes o presentan a sus nuevas parejas. Todavía no sabes la importancia del evento cultural que estás viviendo ni cómo este va a ayudarte a formar tu identidad como latinoamericano, lo que sí sabes es que esa noche probablemente termines durmiendo entre dos sillas juntas que funcionarán como tu cama temporal mientras tus padres siguen charlando y bailando toda la noche.
La fiesta, bajo la definición de la RAE, es una “reunión de gente para celebrar algo o divertirse”. Sin embargo, llevando este concepto al campo de la semiótica, basándonos en los aportes de Umberto Eco en este campo, podemos plantear la fiesta como un sistema de signos y procesos comunicativos llenos de significado. La fiesta no es solo una celebración, es un evento en el que se transmiten mensajes e ideas a través de las palabras y a través de todo un sistema de elementos donde, desde la comida hasta el baile, tiene un valor cultural y social.
En el caso de América Latina, este valor es alto ya que, como plantea Claudia Macias Rodríguez en su artículo La fiesta: preservación de la cultura popular en América Latina (2008):
“Si bien América Latina es una realidad que se vive y que es objeto de estudio de todas las áreas, lo que identifica a las naciones que la conforman como entidades autónomas son sus raíces, raíces que se manifiestan en tradiciones y costumbres que han pasado y se han conservado de generación en generación gracias a diversos fenómenos sociales entre los que destaca la fiesta, como ritual ceremonial por excelencia.”
En la cultura latinoamericana, una fiesta pasa de ser un evento a ser una celebración de la identidad colectiva cultural en donde, al mismo tiempo, se busca reproducir y transmitir la misma a las nuevas generaciones por medio de elementos como el baile, la comida y las costumbres. Esto ayuda a crear la identidad cultural del individuo y cómo se desarrolla con su entorno que, en la mayoría de los casos, está cargado de personas con su mismo marco cultural. Por ejemplo, si un adulto invita a bailar a otro un género como el merengue, va a utilizar el conocimiento práctico y cultural de cuando se le enseñó eso de niño en una fiesta familiar por una tía, sus hermanos o sus propios padres. Asimismo, una persona puede tener un acercamiento gastronómico desde aquella comida que preparaba su abuela los 24 de diciembre y que reproduzca y transmita ese mismo conocimiento a otras generaciones en un futuro.
Dejando de lado el concepto de fiesta latinoamericana como algo familiar, también existe la fiesta latina como un tercer lugar. Más alejada de la transmisión generacional teórica y práctica, existe la
rumba colombiana, la peda mexicana o la joda argentina. La fiesta latina, como tercer lugar, tiene su auge entre la adolescencia y la adultez temprana de las personas, como en cualquier otro lugar del mundo, y también, como en casi cualquier parte del mundo y más a edades tempranas, a veces se termina convirtiendo en un ritual de cortejo entre personas por medio del baile.
Al mismo tiempo, este espacio representa otro sistema de signos distinto, ya que cambian las dinámicas entre los que participan del evento. Ya no es un lugar donde prolifere la salsa, el merengue o los boleros, sino que toman protagonismo géneros más juveniles y urbanos como el reggaetón o el trap, claramente también dependiendo del lugar donde se analice el fenómeno.
Es por eso que está normalizado y es incluso importante para el desarrollo de un joven en América Latina ir a fiestas durante su adolescencia, ya que aprende a desempeñar su rol. Ya no en un entorno seguro de aprendizaje como es una fiesta familiar, sino en un entorno social rodeado de desconocidos que le propone el reto de utilizar las herramientas que le fueron dadas por su familia junto con su identidad.
Es aquí donde cobra importancia la identidad cultural que se crea desde esas fiestas familiares, ya que sin ellas no tendríamos los conocimientos prácticos para desenvolvernos en ese entorno social en específico.
Ya lo dijo Aristóteles alguna vez, el hombre es un animal social que necesita pertenecer. Además de esto, como dice aquella cita apócrifa atribuida a Charles Dickens, el hombre también es un animal de costumbre. Un animal que aprende por repetición y que es capaz de sentir lo heredado también como suyo porque hace parte de su origen. Incluso en el Caribe, donde prolifera la salsa, ya se escucha explícitamente la importancia de la preservación y transmisión cultural en canciones icónicas como Moreno soy de la Sonora Ponceña en donde se encuentran versos que dicen:
“Moreno soy porque nací de la rumba
Y el sabor yo lo heredé del guaguancó
Mi madre se llama la rumba, mi padre es el guaguancó
Por eso fui bautizado en un manantial de sabor”
Las fiestas hacen que nosotros como población podamos bailar al mismo son, transmitir nuestra identidad como latinoamericanos a las siguientes generaciones y crear un espacio seguro para que todos podamos celebrar nuestras costumbres y origen. Así como aquel niño, al principio de esta columna, que terminó durmiendo entre dos sillas, va a terminar eventualmente durmiendo en un cajón de madera en donde se encuentre con el final de su vida, pero no de su legado, el cual seguirá siendo recordado por sus seres queridos entre fiesta y fiesta. Y ahí estará, otra vez acostado en la sala de una casa, en donde se le rendirá memoria y hará parte de su última fiesta.
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